Mostrando las entradas con la etiqueta Sade. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Sade. Mostrar todas las entradas

sábado, julio 14, 2007

14 de Julio de 1789

La toma de la Bastilla
El Marqués de Sade es liberado
La libertad en su más alta expresión.
El homenaje de Malón de ideas.

lunes, mayo 07, 2007

Un Obispo en el atolladero


Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de las blasfemias. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pueden, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno de los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente devota. A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las "b" y a las "f" pertenecía un anciano obispo de Mirepoix, que a comienzos de este siglo pasaba por ser un santo. Cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers, su carroza se atascó en los horribles caminos que separan esas dos ciudades: por más que lo intentaron los caballos no podían hacer más. -Monseñor -exclamó al fin el cochero, a punto de estallar-, mientras permanezcas ahí mis caballos no podrán dar un paso. -¿Y por qué no? -contestó el obispo. -Porque es absolutamente necesario que yo suelte una blasfemia y Vuestra Ilustrísima se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si no me lo permite. -Bueno, bueno -contestó el obispo, zalamero, santiguándose-, blasfema, pues, hijo mío, pero lo menos posible. El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin novedad.

Donatien Alphonse Francois, Marqués de Sade (1740-1814) Cuentos. Ediciones Libertador.

domingo, abril 29, 2007

El Marqués de Sade


El Marqués de Sade





El marqués de Sade ha vuelto a entrar
en el volcán en erupción
de donde había salido
con sus hermosas manos todavía ornadas de flecos
sus ojos de doncella
y ese permanente razonamiento de sálvese quien pueda
tan exclusivamente suyo.
Pero desde el salón fosforescente iluminado por lámparas de entrañas
nunca ha cesado de lanzar órdenes misteriosas
que abren una brecha en la noche moral
Por esa brecha veo
las grandes sombras crujientes la vieja corteza gastada
que se desvanecen
para permitirnos amarte
como el primer hombre amó a la primera mujer
con toda libertad
esa libertad
por la cual el fuego mismo ha llegado a ser hombre
por la cual el marqués de Sade desafió a los siglos con sus
grandes árboles abstractos
y acróbatas trágicos
aferrados al hilo de la Virgen del deseo.


Poema de André Breton