lunes, abril 14, 2008
sábado, abril 12, 2008
Matt Groening - Frank Zappa

por Matt Groening
Frank Zappa, que murió la semana pasada, a la edad de cincuenta y dos, se convirtió en mi héroe en 1966, cuando yo tenía doce: cogí su primer LP, "Freak Out!" de los Mothers of Invention de un cajón de una tienda de variedades en mi ciudad, Portland, Oregon. El álbum era difícil y perturbador, y su alegre simulación de rock and roll daba calor a mi retorcido corazón preadolescente. El propio Zappa rezumaba sarcasmo, con ese mostacho caído y la pequeña perilla, y las notas de "Freak Out!" comenzaban: "Nací en Baltimore, Maryland, el 21 de diciembre de 1940, y crecí en California. Soy un músico y compositor autodidacta, bla, bla, bla." Estaba enganchado.
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Zappa nos puso a mí y a todos mis amigos la banda sonora a una adolescencia de marchas anti-guerra y buscando-hamburguesas. Cada nuevo disco --desde "Absolutely Free" (con esa letra tan emocionante: "Sólo tiene trece años y ya sabe hacer guarrerías") hasta "The Yellow Shark"-- ha sido un acontecimiento, saboreado con los auriculares durante cientos de escuchas para buscar bromas internas y mensajes secretos. Nunca olvidaré estar tumbado en el bajo a las 2 de la mañana, directamente debajo del dormitorio de Homer y Marge, escuchando "Sleeping in a Jar": "Es medianoche, y tu mamá y tu papá están durmiendo... durmiendo... durmiendo en una jarra... (La jarra está debajo de la cama)". Era espeluznante.
Hace dos años, conocí a todo el clan Zappa: Zappa y su esposa, Gail; sus hijos, Moon Unit, Dweezil, Ahmet, y Diva; sus mascotas, Doggus y un gato siamés parecido a una araña llamado el Gweech. Son una familia afectuosa y relajada, y todos comparten el ingenio perplejo y sin censura que era central en la personalidad de Frank. Por entonces, se rumoreaba mucho con la triste noticia de que tenía cáncer de próstata. Zappa podía ser franco sobre su enfermedad cuando quería, pero mayormente parecía dedicarse a las cosas que realmente le absorbían: su trabajo y su familia. Una típica visita a Zappa podría empezar con una larga sesión de escucha de trabajos varios en progreso, seguido de un visionado de un vídeo de rock de Dweezil y Ahmet; normalmente terminaba con una pizza en la cocina. Algunos músicos se dejaban caer para que sus instrumentos fueran sampleados para la vasta librería de sonidos del Synclavier de Zappa, los vecinos aparecían para tomar margaritas y charlar; y una corriente continua de periodistas apuntando micrófonos a Frank y haciendo preguntas molestas. Zappa no tenía nada de esa puesta en escena de ansias de complacer de muchas celebridades, ni se dejaba llevar por la ilusa arrogancia de héroe de la guitarra de rock and roll. Recientemente, sus comentarios se caracterizaron por una seriedad inusual incluso para sus propios estándares cerebrales. Siempre echaré de menos su presencia inspiradora.
Pocos momentos de mi vida han sido tan electrizantes como una tarde la última primavera sentado en el tenuemente iluminado sótano de Zappa en Laurel Canyon escuchando por primera vez "N-Light", una obra maestra de Synclavier de veintitrés minutos en la que había estado trabajando durante algo así como cinco o diez años (no se acordaba cuándo la había empezado). "N-Light" es un generador de ideas musical Zappescas, arrojadas una detrás de otra en un torrente implacable y complejo, que suena a veces como si varias orquestas robot se hubieran vuelto locas, pero que a pesar de todo transmite un sentimiento de control compositivo total. Otra noche, en el estudio de Zappa, le vi dirigir el Ensemble Modern, un grupo de música contemporánea de Frankfurt, en una larga improvisación orquestal que incluía el recitado de una carta al editor de PFIQ, una revista de body-piercing fetichista. Todo esto mientras un didgeridu --un largo instrumento con forma de tubo de los aborígenes australianos-- era soplado dentro de una cafetera llena de agua, produciendo unos enfermizos sonidos gorgojeantes que hacen que Frank se tenga que tapar la boca con la mano para aguantar la risa. Después le pregunto sobre el didgeridú acuoso. Dice: "Es una de mis mejores ideas".
Probablemente se ha escrito más sinsentido --tanto a favor como en contra-- sobre Zappa que sobre cualquier otro compositor popular contemporáneo. Esto debe ser porque el alcance de la música de Zappa está más allá de la mayoría de sus admiradores, y porque su impertinencia siempre confirma las peores sospechas de sus críticos (una vez dijo: "El periodismo rock es gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer"). Pero la personalidad de Zappa era sólo un aspecto de su prodigiosa producción. En el momento de su muerto, tenía una serie de álbumes preparados, incluido "Civilization: Phaze III", que incluye "N-Light".
Lo que nos ha mantenido a mí y a tantos otros bullendo con la música de Zappa durante los últimos veintisiete años ha sido la emoción de apuntarnos al viaje de una mente crítica que siempre estaba empujando hacia territorios inexplorados. El trabajo de Zappa estaba hecho de inspiraciones e insultos; subvirtió humor con humor con ediciones ágiles, paradas repentinas, cambios de tiempo inesperados, y gruñidos cómicos. Bastantes veces, cuando me enfrento a un dilema en mi propio trabajo, me pregunto a mí mismo: "¿Qué haría Zappa?" Hizo falta Zappa para idear --y ejecutar-- una fusión de R&B profundamente sentido con los rigores rítmicos y armónicos de Igor Stravinsky y Edgard Varèse. ¿A quién sino a Zappa le podía igual Muddy Water y Anton Webern, Howlin' Wolf y Conlon Nancarrow? Sus discos y películas muestran el progreso de un compositor divertido y disgustado abordando un problema musical tras otro: la educación continua de adicto al trabajo genial.
sábado, abril 05, 2008
Roger Corman
5 de Abril de 1926, en Detroit.miércoles, abril 02, 2008
viernes, marzo 28, 2008
Imaginación trillada

si el grillete de la inercia
atrapa nuestra esencia?
¿Cómo liberar la parábola
si nuestro discernimiento
se encuentra preso?
Yo buscaba la palabra
en el laberinto del sentido,
me perdía en su lógica
sucesión de surcos.
La entelequia primordial
censurada por la cordura,
el criterio natural,
el sentido lógico y común.
Las armas de la razón
se presentan atrincheradas,
la conflagración comienza.
lunes, marzo 24, 2008
viernes, marzo 21, 2008
Suerte
Tenía el arma en la mano, ¿porqué un arma? ¿Porqué no desde el balcón? Pero no era eso lo que pensaba. Quizás no era el medio lo importante. Acaso cualquier desamor, cualquier pérdida no debería impulsar a cometer semejante hecho. Tenía días pensándolo pero no encontraba las respuestas que quería.Ubicado frente al escritorio no pensaba dejar cualquier nota, era algo sin explicación lógica para cualquiera que la hallara, no era algo que se pudiera explicar ni tampoco lo quería hacer. La oscuridad del cuarto era aplacada por unos hilos de luz que se filtraban por las rendijas que dejaba la persiana. Era lo único que tenía, el resto lo había perdido todo.
El silencio deja paso a un timbre que resuena. ¿Para qué atender? Era acaso lo último que haría. Y la solución se hallaba del otro lado del auricular. Esa cara mustia que había tenido los últimos días se había encendido. Dio un respingo desde la silla que lo hizo tirar al suelo el vaso con agua, grata suerte que no se rompió, tal vez una señal. El charco de agua quedó sobre las baldosas pero eso ya no importaba. Raudo se puso el abrigo para salir, cuando suena el teléfono nuevamente, se deshace de sus pasos y va rápidamente a contestar, pero el traicionero charco lo hace resbalar y con el borde del escritorio se pega en la nuca. El charco de agua se cubre de rojo. El arma estaba intacta.
martes, marzo 18, 2008
Un Tetris auténticamente peronista

No soy amante de los juegos.
He jugado al original,
he visto algunas variantes...
Me quedo con este.
Interesante jueguito.
Jugate una manito con El General
lunes, marzo 17, 2008
Gerard de Nerval

¡Hombre! pensador libre, crees que sólo tú piensas
en este mundo en que la vida estalla en todo:
de las fuerzas que tienes tu libertad dispone,
pero de tus consejos se desentiende el cosmos.
cada flor es un alma abierta a la natura;
un misterio de amor en el metal reposa:
todo es sensible; ¡y todo sobre tu ser actúa!
Teme en el muro ciego una mirada espía:
a la materia misma un verbo está adherido...
No lo hagas servir para impíos menesteres.
Hay en el ser oscuro un Dios oculto a veces;
y, como ojo naciente cubierto por sus párpados,
un espíritu crece tras la piel de las piedras.
viernes, marzo 14, 2008
El resplandor

Sin embargo no lo alimentan,
domingo, marzo 09, 2008
Frank Vincent Zappa
Bobby Brown
Un gran músico, un grande, que nos abandonó el 4 de diciembre de 1993.
Compositor genial, gran guitarrista.
Muchos discos tiene en su haber.
Estos podés encontrar en blogs amigos
En lo del Loco Cetorca...
The Man from Utopia meets Mary Lou
Tinsell Town Rebellion Band
Bongo Fury Junto a Captain Beefheart
Y en lo de Pituco...
Freak Out
Este dedicado a M. (a pesar que a mi mucho no me gusta este muchacho y menos su novia, pero bueno, la dedicatoria vale igual)
Gran tema...
Otros grandes discos...
Hot Rats
Chunga´s Revenge
200 Motels
Waka/Jawaka
Apostrophe
Sheik Yerbouti
Joe's Garage acts 1,2 y 3
You Are What You Is
Them or Us
entre otros.
Grandes músicos pasaron por la banda o tocaron junto al norteamericano:
Jean Luc Ponty, George Duke, Warren Cucurullo, Steve Vai, Captain Beefheart, Adrian Belew, Patrick O Hearn, Roy Estrada y Lowell George son algunos.
jueves, marzo 06, 2008
Noche con Pulso
martes, marzo 04, 2008
domingo, marzo 02, 2008
Lou Reed

jueves, febrero 28, 2008
domingo, febrero 24, 2008
Braden o Perón

Presidente de la República Argentina entre los años 1946-1955 y 1973-1974
lunes, febrero 18, 2008
Cambios
Seguiré pero con aportes reales y no solo transcripciones.
Veremos que acontece...
jueves, febrero 14, 2008
Octavio Paz
El Sedientolunes, febrero 11, 2008
El Signo Lord Dunsany

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Una mirada a Jorkens me indicó de lo que se trataba; si se habían metido en honduras era sobre todo para librarse de Jorkens, como alguien que, tomando el fresco en un paseo marítimo, se adentrara en el mar para evitar ponerse al corriente de una historia demasiado larga de contar. El motivo para desear librarse de Jorkens era, naturalmente, que algunos de ellos tenía historias propias que contar.
-La transmigración -dijo Jorkens- es algo de lo que se oye hablar bastante, pero raras veces se ve.
Terbut abrió la boca pero no dijo nada.
-Dio la casualidad de que se me presentó en una ocasión -prosiguió Jorkens.
-¿Se le presentó? -dijo Terbut.
-Se lo contaré -dijo Jorkens-. Cuando era joven conocí a un hombre llamado Horcher, que me impresionó muchísimo. Por ejemplo, una de las cosas que más me solían impresionar de él era la forma en que, si alguien hablaba de política y se preguntaba por lo que iría a suceder, tranquilamente decía lo que el Gobierno pensaba hacer, aunque no hubiera aparecido ni una sola palabra al respecto en ningún periódico: era siempre impresionante; y todavía más: si alguien intentaba adivinar lo que iba a suceder en Europa, llegaba él con su información con la misma tranquilidad.
-Y, ¿solía tener razón? -preguntó Terbut.
-Bueno -replicó Jorkens-, yo no diría eso. Pero nadie se arriesgaría de ninguna manera a vaticinarlo. En cualquier caso, entonces me impresionó bastante, y a los ancianos más que a mí. Y había otra cosa que hacía muy bien: me daba consejos sobre cualquier tema que se pudiera imaginar. No digo que el consejo fuera bueno, mas al menos indicaba el vasto alcance de sus intereses y su alegría por compartirlos con otros, pues con sólo oír que alguien deseaba hacer algo, se ofrecía inmediatamente a aconsejarle. Una y otra vez perdí sumas considerables de dinero a causa de sus consejos; y sin embargo había en ellos una espontaneidad, y una cierta profundidad aparente, que no podía dejar de impresionarle a uno.
"Bien, uno de aquellos lejanos días en que todavía era muy joven y todo el mundo me parecía igualmente nuevo, y la fe de los brahmanes no me era más desconocida que la teoría acerca del origen del hombre, empecé a hablar con Horcher del tema de la transmigración. Él se sonrió ante mi ignorancia, como siempre hacía, aunque amistosamente, y luego me contó todo lo que sabía sobre el tema. Los brahmanes, dijo, estaban equivocados en muchos detalles importantes al no haber estudiado científicamente la cuestión y no estar intelectualmente cualificados para entender sus aspectos más difíciles. No les contaré la teoría de la transmigración tal y como él me la explicó a mí, porque pueden ustedes leerla por sí mismos en los libros de texto. Lo que me contó no era nuevo para mí, mas sí lo fue la íntima certeza con que me la contó, y la impresión más bien excitante que dejó en mi mente de que todo lo había descubierto por sí mismo. Mas les diré un par de cosas sobre eso: una de ellas es que, a causa del interés que siempre se había tomado por las circunstancias que afectan al bienestar de las clases más bajas, estaba convencido de que sería recompensado con un considerable ascenso en su próxima existencia, "si (como él calculaba) hay justicia en la otra vida".
"-Pues -decía- si no fuera recompensado en una existencia posterior, el interés por semejantes cuestiones durante esta existencia, nada tendría sentido.
"Recuerdo que paseábamos por un parque mientras me contaba todo eso, y el camino estaba lleno de caracoles, que probablemente iban hacia unos álamos no muy distantes, ya que cada uno de aquellos árboles tenía varios de esos animales subiendo por su tronco, como si todos realizaran ese viaje en aquella época del año, que era a comienzos de octubre. Le recuerdo pisando los caracoles al andar, no por crueldad, pues no era cruel, sino porque pensaba que eso no podía importar a formas de vida tan absurdamente inferiores. Y la otra cosa que me dijo fue que había inventado un signo, o más bien que había inventado una forma de grabárselo en la memoria. El signo no era sino la letra griega «f», pero él era un hombre enormemente diligente y se había adiestrado o hipnotizado a sí mismo con tal vehemencia a fin de recordar ese signo, que estaba convencido de poder hacerlo automáticamente, incluso en otra existencia. En esta vida lo hacía a menudo de forma totalmente inconsciente, trazándolo en las paredes con su dedo, o incluso en el aire: se había adiestrado para hacer eso. Y me dijo que, si alguna vez me veía en la siguiente vida y se acordaba de mí (y sonrió agradablemente como si pensara que semejante recuerdo era posible), me haría ese signo, cualesquiera que fueran nuestras respectivas posiciones sociales.
-¿Y qué creía que iba a ser en la otra vida? -le pregunté a Jorkens.
-Nunca me lo dijo -contestó Jorkens-. Mas yo sabía que él estaba seguro de que iba a ser alguien enormemente importante; lo sabía por la condescendencia que mostró en su amable comportamiento cuando dijo que me haría el signo; además, estaba la lenta elegancia con que elevó la mano cuando trazó el signo en el aire, que más bien sugería a alguien sentado en un trono. No creo que le hubiera gustado lo más mínimo que yo le diera la lata en su segunda vida triunfal, a no ser por su orgullo de haber estampado ese signo en su alma a fuerza de aplicación, de manera que luego no pudiera evitar el hacerlo; y estaba convencido de que el hábito perduraría dondequiera que su alma fuera, y naturalmente deseaba que la posteridad supiera que lo había conseguido. Mientras caminamos hizo el signo inconscientemente más o menos cada media hora; desde luego se había adiestrado a hacerlo a conciencia.
-¿Y tenía alguna justificación para pensar que se sentaría en un trono si gozaba de una segunda vida? -pregunté yo.
-Bueno -dijo Jorkens-, era un hombre muy ocupado, no me corresponde a mí decir hasta qué punto su interés por las vidas de otros hombres era filantropía o intromisión. Le tomé por lo que él mismo se estimaba, de manera que ahora que está muerto no quiero valorarle de otra forma. En su opinión todos los hombres eran tontos, de manera que alguien debía cuidar de ellos, y él, a costa de bastantes esfuerzos personales, estaba preparado para hacerlo; cualquier sistema que no recompensara a un hombre tan filantrópico como él debía de ser un sistema absurdo. En realidad no creo que pensara que la Creación fuera absurda, pues creía que él iba a ser recompensado; lo más que le oí decir contra ella fue que él podía poner en orden muchas cosas mejor de lo que están si tuviera el mando del mundo, y me puso algunos ejemplos.
"Bien, lo cierto es que me inculcó aquel signo, que, según dijo, probaría que la transmigración es sumamente valiosa para la ciencia; aunque yo pienso que los que más debía interesarle era que yo me diera cuenta de hasta qué cumbres se había elevado con todo merecimiento. Y en realidad logró que le creyera. Pensé mucho en ello, y a menudo me figuro a mí mismo, en mis postreros años, asistiendo a una recepción real o a cualquier otra gran ceremonia en la corte de algún país extranjero, captando de repente del soberano, yo solo en toda la reunión, aquel signo de reconocimiento que nada significaría para el resto.
"Mi amigo falleció a edad avanzada cuando yo no había cumplido todavía los treinta, y decidí hacer lo que me había aconsejado: observar en mi vejez las carreras de los hombres nacidos después de su muerte que ocuparan los puestos más altos en Europa (pues Asia no le parecía gran cosa) y mostraran ciertas habilidades que en la otra vida podían esperarse de él, con todas las ventajas de su experiencia en ésta. Pues me dije: "Si lleva razón en lo de la transmigración, también la llevará en cuanto a sus posibilidades de ascenso". Y ¿saben ustedes?, llevaba razón en lo de la transmigración. Un año después de su muerte estaba yo paseando en aquel mismo parque, pensando en la letra griega F, como él me había dicho siempre que hiciera: el círculo bien marcado con la barra vertical en el medio. A menudo trazaba el signo con los dedos, como él solía hacer, para recordarlo. Aquel día lo tracé en la vieja tapia del parque. Observé un caracol ascendiendo lentamente por la tapia, y recordé su desprecio por esos animales; y, de algún modo, fue agradable pensar que él no había menospreciado a las cosas pequeñas más de lo que los demás hombres parecen hacerlo. Para él no valía la pena reparar en el rastro que el caracol dejaba en la tapia, cuyo brillo el sol incrementaba, mas consideraba igual de ridículas muchas de las obras humanas. Miré no obstante el brillante rastro del caracol en su avance, hasta que me di cuenta de que él había afirmado que sólo un tonto o un poeta perdería el tiempo con semejantes fruslerías; entonces me volví. Al hacerlo vi por el rabillo del ojo que el caracol estaba siguiendo una curva distinta. Volví a mirar y estimé un poco lo que había visto, pues la casualidad podía ser la causante; mas lo cierto es que el caracol había recorrido un cuarto de círculo muy diferente en su trayectoria de ascensión a la tapia. Era un fragmento de círculo tan claro que seguí observándolo hasta que se convirtió en un semicírculo, como antes había sido un cuarto de círculo. Mi entusiasmo creció cuando el animal empezó a descender; pues hasta entonces el caracol obviamente había estado escalando la tapia. ¿Por qué querría descender ahora? El diámetro del círculo era de unas cuatro pulgadas. El caracol avanzaba sin parar. Con mi mente absorta en el signo, yo no podía ignorar que si el caracol continuaba avanzando y completaba el círculo, equivaldría a haber trazado la mitad de aquél. Y además era del mismo tamaño que el signo que Horcher solía trazar de manera regia con su dedo índice. El caracol seguía avanzando. Cuando sólo quedaba media pulgada para completar el círculo, puede parecer tonto, pero yo mismo hice el signo en el aire con mi dedo. Sabía que el caracol no podía verlo: si realmente era Horcher, sabía que estaría haciendo el signo únicamente por el hábito adquirido, autohipnotizado en su propio ego, y que eso nada tenía que ver con el intelecto. Entonces deseché de mi mente aquella absurda idea. Sin embargo el caracol seguía avanzando. Y finalmente completó el círculo.
"Bien -pensé yo-, el caracol se ha movido en círculo; muchos animales lo hacen: los perros lo hacen frecuentemente, los pájaros supongo que también, ¿por qué no los caracoles? Y debí de quedarme quieto.
"Sepan que el caracol, tan pronto como finalizó su recorrido, siguió subiendo por la tapia en línea recta, dividiendo el círculo de su trayectoria en dos mitades con una precisión como nunca he visto. Me quedé allí de pie, mirando fijamente, con la boca y los ojos completamente abiertos. Primero fue la trayectoria completamente vertical mediante la cual el caracol escaló la tapia, luego el círculo, y ahora la continuación de la línea vertical dividiendo aquél en dos. En eso, el animal llegó a lo alto del círculo. ¿Qué iría a pasar entonces? El caracol continuó en línea recta hacia arriba. Llegó a un punto un par de pulgadas por encima de la parte superior del círculo y allí se detuvo, después de haber trazado una perfecta F, probando que el sueño de los brahmanes era una realidad.
-Pobre Horcher -dije yo.
-¿Hizo usted algo con el caracol? -preguntó Terbut.
-Por un momento pensé en matarlo -dijo Jorkens- para brindarle a Horcher una mejor oportunidad en su tercera vida. Y entonces me di cuenta de que había algo en su concepción de la vida que requeriría centenares de ellas para ser purificado. No podía ir por ahí matando caracoles sin parar, ¿me entienden?
domingo, febrero 03, 2008
Antonio José de Sucre y Alcalá

4 de Junio de 1830




